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¿Con qué lente ves el mundo?

¿Te ha pasado alguna vez estar discutiendo con alguien que afirma tajantemente que esto es así o asá? ¿Alguien que no es capaz de ver que existen otras formas de hacer algo o de entender una situación? ¿Que no se pone en tu lugar o sólo ve una vía?

Seguramente tengas muy claro que todos somos distintos y a cada uno nos agrada o desagrada algo diferente. Bueno, yo nunca entendí cómo puede haber gente a quien no le guste el chocolate, es algo que me supera y estoy haciendo esfuerzos por entenderlo, pero ese es otro tema. El caso es que cada uno vemos el mundo desde una perspectiva distinta, por eso tú te fijas en determinadas cuestiones a las que personas de tu entorno no prestan atención, y viceversa. Probablemente ésta sea la fuente de muchas de las discusiones que mantienes a lo largo del día. Y hoy me gustaría explicarte a qué se debe.

Ante un hecho o realidad supuestamente objetiva, cada persona puede tener distintas opiniones o formas de actuar. Digamos que cada uno vemos el mundo desde nuestra propia perspectiva o con nuestra lente. Pero me gustaría entrecomillar “propia”, porque en muchas ocasiones esa forma de ver el mundo no es genuinamente nuestra, sino que ha sido heredada de nuestro entorno. Te explico cómo generamos estas creencias o formas de interpretar el mundo:

  • A partir de experiencias propias, en las que tuvimos un aprendizaje que incoporamos en nuestro disco duro. Por ejemplo, si en el colegio te hacían bullying, has aprendido que es mejor no fiarse de la gente. Este tipo de experiencias se quedan grabadas a fuego, y las mantenemos porque es una forma de protegernos. De tal forma que hoy en día incluso siendo adulto, te cuesta confiar en la gente. Durante un tiempo esta creencia te sirvió, te protegió de un mal mayor y por lo tanto era útil. La cuestión es ver cuán útil te está resultando hoy en día.

  • Contexto familiar. Seguramente habrás oido que hasta los siete años, los niños son esponjas. Es cuando empiezan a descubrir el mundo y absorben todo lo que ven. Por tanto, si has crecido en un entorno familiar en el que te decían “no hables con extraños porque puede ser peligroso”, lo más normal es que mantengas la creencia de que hablar con desconocidos entraña peligro. En la vida de un adulto, si se tienen repetidamente experiencias que demuestran lo contrario, se puede cambiar la creencia. Pero si no es el caso, mantienes ese creencia incluso cuando ya no te sirve.

  • Contexto social. Más allá de la familia, lo que se asume a nivel social va quedando grabado en nuestro disco duro de forma insconsciente, si no somos algo críticos. Si la sociedad considera que ponerse a charlar con un desconocido en el metro es sospechoso porque tiene malas intenciones, probablemente yo no esté receptiva cuando alguien me hable y tampoco me atreverá a hacerlo yo (pues busco la aprobación social). Muchas veces estas creencias sociales se manifiestan en forma de refranes o dichos.

Como verás, los ejemplos que he mencionado giran en torno a una misma realidad –hablar con extraños – y quizá son algo exagerados, pero pueden ilustrar de dónde ha podido surgir tu creencia de “uno no puede fiarse de la gente”. La cuestión es que estas creencias tuvieron un sentido durante un tiempo (una intención positiva: te sirvieron para protegerte en una época de tu vida), pero hoy en día probablemente te estén limitando y ya no te sirvan.

Si nos enfocamos en nuestra vida diaria, y en concreto en lo relativo a la gestión del tiempo, son muchas las creencias en torno al tiempo que nos limitan para ser más productivas. Te cuento una experiencia personal. En mi casa estaba mal visto despertarse tarde: eso era de vagos. ¿Te suena? Por ello, durante años me he afanado en despertarme pronto sin saber a ciencia cierta si eso era lo que mejor me venía a mí, si encajaba con el ritmo circadiano, si coincidía que mi franja diaria en la que era más productiva era la mañana o la noche… Esto hacía que me juzgara muy duramente si un día dormía más de la cuenta o si me ponía el despertador y me quedaba dormida, porque ya pensaba que tenía el día perdido. Y así era la mayoría de los días porque me castigaba con un diálogo interior muy negativo. En mi caso, esta creencia se gestó en el seno familiar, pero probablemente muchas personas la tienen siguiendo el refrán “A quien madruga, Dios le ayuda”, porque como comentaba anteriormente muchas de estas creencias se expresan en dichos populares o refranes. Si te decían esto de pequeña, lo integras y ya parece que es una parte de ti. Sin embargo, del mismo modo que hay un refrán que fomenta despertarse pronto, no sé si te habrás percatado de que existen otros refranes relacionados con este tema que muestran una visión totalmente contraria: “No por mucho madrugar, amanece más temprano” ¿Te das cuenta? Son dos dichos que hablan del hecho de madrugar, uno a favor y otro en contra. Pues bien, esta es una muestra de cómo las personas interpretamos un mismo hecho o realidad y nos aferramos a una creencia u otra. Si a mí me gusta madrugar, seré de las primeras y lo defenderé a muerte (porque me conviente, claro). Si soy de despertarme tarde (y aún así ser productiva), pregonaré el segundo refrán porque a mí me funciona.

Es precisamente ese “aferramiento” a una creencia u otra lo que provoca la mayoría de las discusiones. Porque por lo general, no somos capaceces de ver que existe otra forma de interpretar el mismo hecho. Siempre me gusta ilustrar este concepto de que no existe una única verdad con el cuento indio de los ciegos y el elefante, que puedes leer aquí. Probablemente por eso me he sentido tan cómoda en el contexto cultural indio, donde no hay una única verdad y son más tolerantes con las verdades de los otros.

En cualquier caso, lo que me gustaría transmitirte es la importancia de identificar tus creencias y sobre todo tomar conciencia, primero, de si son tuyas o heredadas y segundo, de si te siguen sirviendo a día de hoy o te están limitando. Ser consciente de tus creencias te permitirá ampliar la perspectiva, usar la lente del otro y ver que existen otras formas de interpretar el mundo y no única forma. Es indudable que esto puede ayudarte a crecer al identificar otras vías, otras formas de hacer para no repetir siempre el mismo patrón. 

Puedes tomártelo como un juego e ir captando cuáles son tus creencias, sobre todo cuando te pongas a defender una idea a ultranza. Ahí es donde más fácil te resultará cazarte aferrada a una creencia. Te invito a que estos días juegues a identificar tus creencias y, si quieres, las compartas en los comentarios. En el próximo post, compartiré más de mis antiguas creencias limitantes respecto al tiempo. 


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